PRÓLOGO
Sueños muy bien pensados

Si alguna vez me has visto hacer magia ha sido gracias a Roman Garcia. Empezamos juntos, aunque él dice que se aficionó gracias a mí. Recuerdo que un día le hice dos juegos de cartas al chico tímido de los rizos. Recuerdo que él observaba con atención y que en sus ojos nacía el brillo febril del que incuba una enfermedad que luego dura toda la vida. Lo que no recuerdo es que ese día me tocara la lotería, cosa que realmente pasó. En una semana, no hizo falta más, supe que hacerle magia a Roman tenía premio: el privilegio de empezar con él desde el principio. Me siento afortunado por ello, porque Roman ha sido el compañero de magias ideal, imprescindible y decisivo. A lo mejor él empezó gracias a mí, pero yo seguí gracias a él.
Empezamos juntos en La Coruña, a principios de los noventa, cuando no había teléfonos móviles ni DVDs y los libros de magia se pagaban en pesetas. En aquellos años compartíamos las ideas, los ensayos y los gastos de envío de los libros que comprábamos en Madrid. Aprendíamos juntos y aprender en casa de los Garcia Pastur es un lujo ya que su hermano Kiko viene incluido en el pack. Imagínatelo. Magias a todas horas: en los recreos del colegio, en su buhardilla de Cambre, en la cocina de mi casa... Es el equivalente a los primeros meses de un romance, cuando uno hace el amor donde puede o donde le dejan: en un coche prestado, en el andamio de una obra o en el campanario de la Catedral de Burgos... En aquellos años de amor y pasión hacia la magia empezó a gestarse este libro. Todo sucedía dentro de la cabeza de Roman, debajo de unos rizos tan voluminosos que le permitían dormir sin almohada. Por cierto, un dato que quizá no sepas ni te importe: Roman duerme con los ojos abiertos como dos huevos fritos. Verlo produce una sensación muy extraña ya que después, cuando te mira, no sabes si está pensando o está soñando. Y así se podría definir la magia que contiene este libro: sueños muy bien pensados. Desde el principio Roman ha apostado por esa magia inusual, visual, realmente imposible y memorable. Un ejemplo clarísimo de esto es la rutina de los agujeros viajeros, su primera gran rutina y ganadora de un primer premio nacional de micromagia. Un efecto que emociona y aturde cada vez que lo ves.
La apuesta que hace Roman por la magia narrativa es interesantísima. Fíjate en el esfuerzo vertido para conseguir la imbricación perfecta de charla y efecto. Los efectos te rompen el cerebro y las historias te entretienen el corazón. Roman combina los dos elementos, apunta y dispara sabiendo que el ingenio es una bala que va a la cabeza y la emoción otra que va a las tripas. A medio camino está su diana, donde las balas matan de verdad, que es en el corazón. Creo que Roman llega a este sitio tan interesante gracias a ser el chico tímido de los rizos y a su altísimo nivel de autoexigencia. Todos sabemos que existe un tipo de mago gallináceo, que cacarea sin decir nada, que tiene facilidad de palabra y que enseguida se lanza a decir palabras fáciles. Roman no es ese tipo de mago sino todo lo contrario. Lo fácil raras veces es amigo de lo bueno y Roman tampoco es amigo de lo fácil. Él prefiere estar callado antes que decir una banalidad, pero prefiere decir algo interesante antes que estar callado. Por eso piensa, escribe y memoriza sus charlas. Para que haya una frase que subraye cada efecto, una descripción interesante que aclare cada situación inicial o una línea perfecta que cubra cada trampa. Roman es un estupendo pastor de la atención y eso lo consigue trabajando la charla, calibrando sus puntos de interés y estudiando las emociones.
Todo el material de este libro es estudiable, todo es practicable y casi todo ejecutable. Las rutinas más brutales y novedosas se apoyan en ideas inteligentes, estructuras sólidas y en charlas idóneas: La carta escupida, el mundial de fútbol, el mal de Kaps... Sin embargo, para los amantes de la técnica vertiginosa, también hay un jugoso capítulo acerca de las aplicaciones de la mezcla lateral, sólo apto para los que posean unas virtuosas “Romanazas”.
Conozco muy bien la mayoría de los juegos que hay en este libro porque los he hecho. Hace unos años, cuando se me planteó la oportunidad de hacer magia en televisión yo no sabía si iba a ser capaz. Todos mis compañeros tenían más experiencia, más nombre y más repertorio que yo. De hecho yo no tenía repertorio, lo único que tenía era un amigo que se llamaba Roman, y eso era suficiente. La originalidad de rutinas como el ritual de la patata, su versión de la moneda en la botella, la carta escupida o el sueño del alquimista las hacía ideales para televisión. Eran visuales, mágicas, realmente imposibles y absolutamente memorables. Cada vez que me reúno con magos la frase que más veces tengo que repetir es “Aquello fue una idea de Roman Garcia”.
Hace casi veinte años que nos conocemos. Veinte años haciendo y ensayando magias, asistiendo a congresos, recorriendo Galicia en bicicleta y comiendo mejillones en Lorbé cuando había algo que celebrar. Nos conocimos a finales del siglo pasado pero parece que fue ayer porque cuando uno disfruta... el tiempo pasa más rápido.

Luis Piedrahita
2010, Madrid.


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